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Autor

Víctor Cancino

Julio 22, 2026

Una inversión con sentido e impacto para el territorio

Impulsar el emprendimiento no se ve tanto como pavimentar calles o construir puentes y, sí, requiere una visión a mediano y largo plazo, sin embargo; también puede convertirse en el esfuerzo más efectivo para lograr cambios significativos y sostenibles en la realidad económica y social de un territorio. En este artículo haremos, desde un punto de vista personal, un primer acercamiento a esta tesis.

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Hoy en día es más común escuchar que un gobierno estatal o municipal inicie alguna actividad de impulso a emprendedores locales.


Generalmente este impulso consiste en cursos de capacitación, concursos de ideas de negocio, pequeños fondos de financiamiento o la entrega de equipos para iniciar una actividad económica. 


Aunque estas acciones suelen comunicarse como un impulso al desarrollo económico, vale la pena detenerse un momento y reflexionar al respecto: ¿realmente se esta favoreciendo la creación de nuevas empresas que activen la economía local y se mejore con ello algunas dinámicas sociales, o ,simplemente se está realizando una acción de relaciones publicas y posicionamiento político?


La diferencia no es sutil,  representa dos formas completamente distintas de entender el papel del emprendimiento dentro de una estrategia de desarrollo. Y es importante por qué la motivación del esfuerzo condiciona los resultados que se obtendrán.


Desde mi experiencia, el emprendimiento se aborda con mucha frecuencia como una política pública de apoyo social o económico dirigida a personas, que más que desear iniciar un negocio, necesitan hacerlo. Se concibe, en principio, más como una medida o política de autoempleo que como una estrategia integral que busca generar un impacto positivo y sostenible a largo plazo.


Bajo esta lógica, el éxito suele medirse por el número de horas de capacitación impartidas, participantes inscritos, créditos entregados o fotos tomadas como evidencia. Sin embargo, esta visión tiende a concentrarse en los resultados inmediatos que puedan usarse como herramienta de marketing y deja en segundo plano una cuestión central del asunto:  construir las condiciones para hacer del territorio un entorno favorable en el que iniciar un negocio con posibilidades de tener éxito, no solo sea viable, sino también deseable y pueda mantenerse y fortalecerse a lo largo del tiempo.


Si logramos hacer de lado dicha lógica y aceptamos, o mas bien entendemos, que impulsar el emprendimiento (adecuadamente) genera empresas, y que a su vez las empresas generan empleo, impulsan la innovación, amplían la base tributaria, fortalecen las cadenas productivas y crean oportunidades para otros actores económicos, entonces el enfoque y planteamiento de la acción cambian por completo. El emprendimiento deja de ser únicamente un asunto relacionado con autoempleo, asistencialismo o marketing político y comienza a convertirse en un tema estratégico para el desarrollo territorial.


Desde esta perspectiva, el verdadero objetivo de una política pública no debería limitarse a improvisar acciones para buscar una amplia asistencia con la cual obtener una fotografía espectacular para en el informe, sino  que debería dirigirse, en primer instancia,  a construir en el territorio las condiciones que permitan que el talento radicado en él cree empresas con el potencial de generar empleo y atraer más talento e inversiones.


Esto implica pasar de una lógica basada en esfuerzos improvisados y de corto plazo a otra orientada al desarrollo y fortalecimiento de un ecosistema emprendedor.


Los ecosistemas de emprendimiento están conformados por una red compleja de instituciones educativas, empresas, universidades, organismos empresariales, centros de investigación, inversionistas, aceleradoras, incubadoras, gobiernos y organizaciones civiles que interactúan para facilitar la creación y el crecimiento de nuevas empresas. La evidencia internacional muestra que los territorios donde estos actores colaboran de manera coordinada tienden a generar mayores niveles de innovación, atraer inversión, desarrollar talento y adaptarse con mayor facilidad a los cambios económicos.


En otras palabras, los emprendimientos exitosos rara vez son producto exclusivo del esfuerzo individual de un emprendedor. En cambio, suelen ser el resultado de un entorno que facilita el acceso al conocimiento, al financiamiento, a las redes de colaboración, a los mercados y a instituciones capaces de reducir parte de la incertidumbre que implica emprender.


Por ello, quizá sea momento de replantear la forma en que concebimos las políticas públicas dirigidas al emprendimiento.


Durante años hemos asociado el apoyo al emprendimiento con cursos de capacitación de contenidos genéricos, pequeños capitales semilla o la entrega de herramientas y equipamiento.


Aunque estas acciones pueden ser valiosas en determinados contextos, difícilmente transformarán por sí solas la realidad económica de un territorio si no forman parte de una estrategia mucho más amplia e incluyente.


Entonces, vale la pena preguntarse si tal vez, la verdadera inversión social efectiva no consiste únicamente en capacitar emprendedores o financiar negocios a través de medidas con poca o nula orientación estratégica, sino en la creación de una agenda estratégica, de largo plazo y con la suficiente pluralidad e independencia del ámbito gubernamental, como para desarrollar la capacidad que el territorio y sus ciudadanos necesitan para producir nuevas empresas una y otra vez.


Ese enfoque cambia completamente la naturaleza de la intervención pública.


En lugar de concentrar recursos para acciones improvisadas, unilaterales y verticales, una estrategia territorial buscaría fortalecer todos aquellos elementos que hacen posible que cada vez más ciudadanos desarrollen capacidades emprendedoras, encuentren oportunidades de negocio, accedan a redes de colaboración, transformen conocimiento en innovación y logren consolidar empresas competitivas.


Lo interesante de este enfoque es que sus beneficios trascienden a los propios emprendedores.

Cada empresa que logra consolidarse genera nuevas oportunidades laborales, demanda bienes y servicios de proveedores locales, incorpora talento especializado, paga impuestos, desarrolla soluciones para otros sectores económicos e incluso inspira a nuevos emprendedores. Con el tiempo, estos efectos comienzan a reforzarse entre sí, incrementando progresivamente el capital económico, social, intelectual e institucional del territorio.


En este sentido, pocas inversiones públicas poseen una capacidad de multiplicación comparable. Una estrategia seria de emprendimiento no genera únicamente nuevas empresas; contribuye a formar talento, fortalecer instituciones, atraer inversión, diversificar la economía y aumentar la resiliencia de las comunidades frente a escenarios económicos cada vez más inciertos.


Por supuesto, esto no significa que el emprendimiento deba sustituir otras políticas públicas fundamentales como la educación, la salud, la seguridad o la infraestructura. Todas ellas continúan siendo indispensables para el desarrollo y desde luego forman parte de las condiciones que favorecen al emprendimiento. Sin embargo, sí invita a preguntarnos si estamos otorgando al emprendimiento el lugar estratégico que realmente merece dentro de las agendas públicas.


Después de todo, los territorios más dinámicos del mundo se distinguen por contar con un brazo industrial y comercial que los empuja hacia adelante. Lo que ha sido posible gracias a que han logrado desarrollar la capacidad de impulsar la creación de nuevas empresas, atraer talento, crear conocimiento y transformar constantemente sus ventajas competitivas.


Quizá ese sea el verdadero desafío para los territorios, sus administraciones locales y sus habitantes durante los próximas años:


Dejar de centrarse en cuántos emprendedores se apoyaron durante la administración o condicionar la realización o refrendo de una acción al impacto mediático de la misma, para en cambio poner el foco en donde importa; en si las decisiones que se están tomando hoy permitirán que dentro de veinte años el territorio sea un lugar donde los emprendedores puedan crear empresas más innovadoras y una economía mucho más sólida que la actual.


Porque, al final, el desarrollo perdurable de un territorio no depende únicamente de las empresas que existen hoy, sino de la capacidad colectiva para crear las empresas que todavía no existen.

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