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Autor

Víctor Cancino

Julio 27, 2026

Hay talento: pero faltan oportunidades

El talento existe en cada territorio; lo que cambia. Lo que cambia es la probabilidad de prospere. En este artículo hablamos de movilidad social, el verdadero termómetro de desarrollo de un territorio

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Cuando hablamos del desarrollo de un territorio solemos pensar en términos de inversión, empleo, infraestructura o crecimiento económico. Estos son, sin duda, elementos clave para entender la realidad de una región. Pero existe una dimensión diferente que vale la pena explorar, una a la que rara vez prestamos atención, y que probablemente dice tanto o más sobre la dinámica verdadera del desarrollo: la movilidad social.


En términos sencillos, la movilidad social nos dice la capacidad que tienen las personas (en un contexto territorial determinado) para mejorar, o bien empeorar, sus condiciones de vida respecto a la generación anterior o a lo largo de su propia trayectoria.


También podemos verla como la capacidad de las personas de morir en mejores o peores condiciones socioeconómicas que en las que nacieron. Se entiende entonces, que existen tanto una movilidad social positiva; que se da cuando las condiciones al final de la vida son mejores que las del origen o nacimiento, y una negativa; que se da cuando ocurre justamente lo contrario.


Aunque por lo general el concepto se remite a una perspectiva individual, también puede entenderse como una característica de la comunidad, ciudad, estado o país en el que esas personas viven.


Después de todo, el talento existe prácticamente en cualquier latitud. Y lo que cambia de un territorio a otro, no suele ser la falta de personas con talento, sino la posibilidad de que ese talento encuentre oportunidades para alcanzar su máxima capacidad.


Cuando alguien invierte tiempo y esfuerzo —estudia, emprende, innova— pero el entorno no ofrece las condiciones para crecer, la movilidad social se estanca, sin importar cuánto talento exista. En cambio, donde hay instituciones sólidas, educación de calidad, acceso a empleo y ecosistemas empresariales dinámicos, las probabilidades de que las personas mejoren su calidad de vida aumentan de forma considerable y vivir mejor deja de ser una ilusión y se convierte en un objetivo alcanzable.


Organismos como el Banco Mundial o el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) en México coinciden en que la movilidad social es uno de los mejores predictores de qué tan sana es, en realidad, una economía. No basta con crecer; importa quién se beneficia de ese crecimiento y qué tan fácil —o difícil— es para acceder a oportunidades que no dependan del origen de la persona.


Por eso conviene que la movilidad social deje de ser un accesorio retórico en discursos, informes o artículos, y empiece a tratarse como evidencia factual de qué tan eficaces son realmente las políticas de desarrollo y prosperidad de un territorio. Así mismo, la percepción de que el crecimiento económico o la obra pública son, por sí solos, sinónimo de mejora debe dar paso a una visión más integral, donde el talento de las personas sea entendido como parte fundamental de la creación de riqueza y bienestar colectivo.


Esta idea resulta especialmente relevante en un momento donde los territorios compiten cada vez más por atraer inversión, talento y conocimiento. Después de todo, las regiones más competitivas no son solo las que generan riqueza, sino las que ofrecen oportunidades reales para que sus habitantes participen de ella, y que al mismo tiempo son capaces de atraer nuevo talento capaz de retroalimentar ese ciclo.


Quizá por eso convenga preguntarnos si el camino que transitan nuestras comunidades, regiones o naciones va en la dirección correcta o en la ruta adecuada para generar el mayor beneficio colectivo. Entonces,  ¿Basta con atraer nuevas inversiones si buena parte de la población sigue sin ver mejoras en sus condiciones más elementales? ¿Es suficiente generar crecimiento si este no se traduce en oportunidades accesibles para todos hoy y mañana, independientemente de su origen?


Responder estas preguntas exige mirar el desarrollo territorial desde una perspectiva más amplia, una donde crecimiento económico y movilidad social dejen de entenderse como objetivos separados y se conciban, en cambio, como procesos que se fortalecen mutuamente.


En los próximos años, conforme la automatización, la inteligencia artificial, la transformación digital y los cambios demográficos sigan redefiniendo la economía, entender la relación entre movilidad social, talento y desarrollo territorial será cada vez más importante. Solo así la tecnología y las tendencias demográficas podrán convertirse en una oportunidad —y no en un riesgo— para la estabilidad de los territorios y sus comunidades.


Después de todo, la prosperidad de un territorio difícilmente puede medirse solo por la riqueza que genera. También, y quizás sobre todo, por las oportunidades que ofrece para que las personas construyan un mejor futuro dentro de él.

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